Les pagan un salario por acoger en casa a menores tutelados, un trabajo para el que se buscan candidatos en Gipuzkoa. 28 niños esperan el calor de un hogar
04.07.10 - -
ARANTXA ALDAZ aldaz@diariovasco.com | SAN SEBASTIÁN.
La primera vez que Asun conoció a Mikel, el crío se dio la vuelta y echó a correr despavorido. Tenía siete años y una mochila a sus espaldas cargada de dolor e incomprensión, que le hizo reaccionar de la manera más instintiva ante el 'peligro' que para él suponía esa mujer prácticamente desconocida. Al fin y al cabo, su infancia se había ido construyendo de bandazo en bandazo, sin el cariño que cualquiera imagina para un niño. 'Esta vez no va a ser diferente', debió de pensar el chaval mientras avanzaba a ciegas entre los coches que circulaban sobre el asfalto una mañana de enero.
Han pasado dos años de aquella imagen que Asun recuerda con emoción contenida. Aquel chaval que huía de todo y de todos se cría hoy en casa de esta guipuzcoana, junto a sus tres hijos biológicos y su marido. Una familia que lo recibió con los brazos abiertos para darle la oportunidad de conocer el calor de un hogar, como alternativa a los pisos de acogida de la Diputación donde había recalado tras ser apartado de sus padres biológicos.
El de Mikel fue uno de los primeros casos del programa de acogimiento familiar profesionalizado, una medida legal que otorga a una persona la guarda de un niño tutelado por la Diputación. El novedoso programa, que funciona también en Andalucía aunque con algunas diferencias respecto al modelo guipuzcoano, nació en 2007 de la necesidad de encontrar una salida para un grupo concreto de chavales que, por sus perfiles más problemáticos, no terminaban de encajar en las familias de acogida voluntarias y estaban limitados a residir en los pisos forales. «No es que estuvieran mal atendidos, al contrario, pero todos sabemos que una familia es diferente. Y ellos también se merecían la oportunidad de contar con el afecto de un hogar», explica Javier Martínez, director del programa foral que fue adjudicado a la asociación Arce-Unsac. La diferencia con las familias de acogida voluntarias es que para atender a los niños con un pasado más difícil, aquellos que requieren de unos cuidados específicos, el acogedor tiene que ser un profesional. Trabaja las 24 horas de los 365 días del año. Y, como cualquier empleo, cobra un sueldo por ello.
Como solución, el Departamento de Política Social pensó en una novedosa figura legal para dar cobijo a estos chavales. El primer acogimiento profesional se realizó en octubre de 2007. En la actualidad, hay nueve menores atendidos por otros tantos acogedores, pero se necesitan más candidatos porque 28 niños, desde bebés hasta adolescentes, la mayoría de familias guipuzcoanas, están a la espera de encontrar una persona que les tienda la mano.
«El acogimiento profesional no es una adopción, ni un paso hacia ella», aclara Martínez. «Tampoco se pretende sustituir a la familia de origen», con quien los menores siguen teniendo contacto, siempre y cuando lo permita el régimen de visitas aprobado por la Diputación, que sigue siendo la tutora legal del niño.
Una exigente selección
El acogedor tampoco es un padre o una madre, términos de los que rehúyen al hablar todos los protagonistas, incluidos los menores. «Nos lo recuerdan todos los días, eh», interviene Sito, que acogió en septiembre del año pasado a dos hermanos, aunque uno de ellos finalmente decidió volver a la red foral de pisos de acogida. «Nos fijamos mucho en las expectativas de los candidatos. Aquí uno no puede esperar ser padre y madre de ese hijo que no tuvieron, porque estos menores tienen su familia. Aquí se intenta cubrir una necesidad», incide Marisa Aguirre, la psicóloga del programa.
Aunque la nómina pueda ser un aliciente (cobran lo estipulado para los educadores de los pisos de acogida, más de 2.000 euros al mes, además de un complemento para la manutención del menor), la motivación del candidato no es lucrativa. Se requiere de una pasta especial para responder a las necesidades que van planteando los chavales en su aprendizaje cotidiano. De hecho, los acogedores deben acreditar una serie de requisitos, entre los cuales está el de contar con una formación relacionada con las Ciencias Humanas (Psicología, Magisterio, Educación Especial...). Los responsables del programa se encargan posteriormente de seleccionar a los candidatos idóneos porque, recalca Martínez, no todo el mundo está capacitado para desempeñar este papel. «Es un trabajo remunerado, a través de un contrato de prestación de servicio, pero que requiere de un alto grado de altruismo. Se les pide profesionalidad y a la vez que pongan todo lo que tienen dentro para ayudar a esos menores. No es un trabajo baladí», resuelve. La supervisión individual de todos los casos por parte del equipo profesional resulta fundamental para que el proceso, que se sabe de antemano «difícil, pero gratificante», pueda avanzar con éxito.
Quizá la mejor definición de lo que supone este empleo tan especial la da Arantxa, la última persona en incorporarse al programa. «Cuando tuve que planteárselo a mis hijos, de 10 y 12 años, les dije: 'Imaginaos que el aita y la ama no están y no hay una familia directa que os pueda acoger. ¿Os gustaría que hubiera familias como nosotros que pudieran ayudar a esos niños? ¿O, en cambio, preferirías quedaros en un centro?'. Lo entendieron perfectamente desde el principio. De hecho, me han dado una lección impresionante», asegura.
Hace dos meses Arantxa acogió a un recién nacido que acababa de ser abandonado. Enfermera de profesión, con un contrato de interinidad en Osakidetza, decidió dar un giro a su vida laboral atraída por la experiencia de una de sus mejores amigas. «Ella había acogido a varios menores. Fueron los niños los que me conquistaron. Y me dije que yo podía darles lo que necesitaban: amor desde el minuto cero».
Y así ha sido desde mayo. El lunes pasado entregó al bebé porque ya se habían encontrado los candidatos idóneos para iniciar su adopción. No puede evitar llorar al contarlo. «La separación duele, pero llegas a entender que no te quitan al niño, porque no es tuyo. Es una necesidad que tiene ese menor en un momento dado; le das todo lo que puedes y tiene derecho a tener otras oportunidades, en este caso, una familia. Hay más niños que necesitan el cariño que le hemos dado al bebé que hemos cuidado estos dos meses», se sincera.
El salvavidas
Sito está a punto de recibir en su casa a otro de estos chavales. De la existencia del programa se enteró en 2008 a través de un anuncio en la oficina del Inem. El perfil que se requería encajaba con sus estudios de Magisterio y Psicopedagogía, así que decidió coger el teléfono y llamar a la asociación. La acogida del chaval no se hizo de la noche a la mañana. «En septiembre de 2009 empecé el proceso de acoplamiento con dos hermanos y los chavales llegaron a casa en noviembre. Con uno de ellos no fraguó. Realmente era un caso muy complicado», admite. Ahora se enfrenta a otro reto, el de atender a otro adolescente, con una vida muy parecida al del primer menor que acogió. «También tiene un hermano que no ha aceptado el acogimiento. Él, sin embargo, se ha agarrado a esta posibilidad como a un salvavidas», explica Sito.
Gracias a que alguien atendió su llamada de auxilio, Mikel, el menor acogido en casa de Asun, ya no sale corriendo porque ya no se siente en un entorno tan amenazante. Es capaz de concentrarse en los deberes, de hacer todas esas cosas de niños que a él le negaron. «Fue difícil para todos -admite Asun-. Cuando hablo con los compañeros nuevos y les veo en mi misma situación, me parece imposible que haya habido tal progreso. Y es cuando me doy cuenta de que todo el camino ha merecido la pena». A Mikel, que seguirá un tiempo más en su casa, siempre suele darle el mejor consejo, que «ya no tiene que vivir alerta, que lo único a lo que tiene que dedicarse es a jugar», que vacíe su mochila de dolor y la llene de la candidez de un niño, como otro cualquiera.
Acogimiento profesional
Qué es: Se trata de una medida legal que otorga a una persona la guarda de un menor tutelado, que ha sido separado de su familia biológica.
Características: El acogedor es un profesional con formación relacionada con las Ciencias Humanas (Psicología, Educación, Magisterio...). Tiene una relación contractual con una empresa para el desarrollo de esta labor.
Sueldo: Cobran un salario equiparable al que reciben los profesionales que trabajan en los equipos educativos de los pisos de acogida. Además, para cubrir las necesidades del menor acogido, recibirán las ayudas económicas establecidas en la orden foral 517/2007.
El proceso
Formación y valoración: El equipo profesional determina la capacidad del candidato para desempeñar el trabajo a través de varias entrevistas. Se participa además en talleres formativos.
Integración: Una vez asignado un acogedor a un menor, se inicia el proceso de incorporación progresiva a nuevo domicilio. Y si todo funciona, se delega finalmente la guarda del menor en el acogedor. Se suscribe un contrato que recoge las características del acogimiento.
La asociación
Quiénes son: Arce-Unsac es una asociación de carácter social que dirige el programa de acogimiento familiar profesionalizado.
Contacto: Los interesados en formar parte del programa pueden escribir un correo electrónico a la dirección arce@unsac.net o llamar al 943466116.
El acogimiento familiar profesionalizado sólo funciona en Gipuzkoa y Andalucía
Los acogedores profesionales reciben el mismo sueldo que un educador de un piso
«No es un trabajo baladí, requiere un alto grado de altruismo», dicen desde el programa